Apuntes que surgen del curso


COLOMBIA ASESINA *
Eric J. Hobsbawm
Traducción de Magdalena Holguín

Lo poco que saben los extranjeros sobre Colombia, el tercer país de Latinoamerica y virtualmente el menos conocido, se refiere al tráfico de cocaina y a las novelas de García Márquez. García Márquez es ciertamente un guía maravilloso, pero sus libros no son una buena introducción a este extraordinario
país. Sólo quienes han estado allí, saben cuánto se acerca la realidad colombiana a lo que se lee como fantasía. El tráfico de drogas, infortunadamente, también forma parte de esta realidad, aun cuando las autoridades colombianas se muestren reacias a discutir el tema. Debe admitirse también que su preocupación al respecto es mucho menor que la de sus contrapartes norteamericanas. Y esto, probablemente, debido a que la preocupación principal de los colombianos, autoridades o no, es la creciente ola de asesinatos.

Desde hace tiempo, el país ha sido famoso por su proclividad al homicidio.
El excelente informe sobre derechos humanso, American Watch (Septiembre
de 1986), señala que el homicidio fue la principal causa de muerte para
los hombres entre los quince y los cuarenta y cuatro años, y ocupa el cuarto
lugar como causa de mortalidad para todas las edades. La muerte violenta
no es sólo una de las maneras posibles de terminar la vida en este país.
Es, para citar un soberbio y escalofriante ejercicio reciente de historia
oral, “un personaje omnipresente”.) Pero lo que temen los colombianos no
es únicamente la muerte, sino ser arrastrados nuevamente hacia una de
aquellas pan demias de violencia que ocasionalmente azotan el país, especialmente
la que se prolongó durante los veinte años comprendidos entre
1946 y 1966, conocida simplemente como La Violencia. Esta era sombría
ha sido objeto recientemente de serios estu(!ios por parte de un grupo de jóvenes
historiadores locales, entre los cuales cabe destacar el estudio realizado
por Carlos Ortíz sobre la región cafetera del Quindío, por mostrar lo
que puede lograrse mediante la combinación de investigación de archivos,
historia oral y conocimiento local. Entre los intentos sistemáticos de relacionar
los años de la Violencia con el presente, dehen mencionarse el libro editado
o compilado por Gonzalo Sánchez y Ricardo Peñaranda, así como el
importante libro de Arturo Alape, La paz, la violencia.
El temor a una nueva escalada de asesinatos -la última dejó aproximadamente
200.000 muertos- es tanto político como social. (La cifra de 300.000
que aparece en el informe American Watch no está basada en datos comprobados,
y es, muy seguramente, excesivamente alta). Colombia fue, durante
la mayor parte de su historia, y sorprendentemente lo es aun en gran
medida, una tierra de colonos pioneros (“El clásico colono con su hacha,
su escopeta y su perro de cacería”, para citar una descripción de la década
de 1970).2 El gobierno nacional y la legislatura realizan todavía incursiones
ocasionales en gran parte del campo desde las ciudades, las cuales, a su vez,
sólo vagamente dependen del control de la capital. Incluso la más antigua y
poderosa institucion nacional posee tan solo una organización esquelética:
no hay más de dieciseis sacerdotes en la diócesis de Valledupar, diócesis que
cubre uno y medio de los veinte departamentos
del país.

Era, y todavía en gran parte lo es, una mezcla entre el Oeste salvaje, la urbanización
latinoamericana del siglo XX, y la Inglaterra del siglo XVIII, en
la cual una oligarquía constitucional de familias pudientes establecidas, divididas
en dos partidos rivales (liberal y conservador), constituía el gobierno
que hubiere. Colombia tuvo un sistema partidista nacional antes de tener
un estado nacional. La cohesión de la oligarquía y su auténtica adhesión a
una constitución electoral, ha garantizado que el país no haya sido víctima,
prácticamente nunca, de las usuales dictaduras o juntas militares latinoamericanas;
pero el precio ha sido baños de sangre endémicos y, a veces,
epidémicos. Pues allí las armas no son el monopolio de nadie y, por razones
que hasta ahora se escapan a los historiadores, el común de la gente, en algún
momento del siglo XIX, adoptó los partidos liberal y conservador
como formas rivales de religiones ancestrales. Nada puede ser más letal,
como lo demuestra el libro de Alfredo Molano. La historia colombiana de los
últimos sesenta años, es aquella de una sociedad cuya transformación ha sometido
el orden social y político a enormes presiones y, en ocasiones, lo
ha resquebrajado. Cómo continúaoperando eficazmente en la actualidad,
es un gran interrogante abierto.Inicialmente, la presión vino de abajo,
cuando las masas rurales y urbanas se movilizaron para luchar contra la oligarquía,
dirigidas por el extraordinario caudillo populista Jorge Eliécer
Gaitán. Su asesinato, en una calle de Bogotá, en 1948, desencadenó, en el
término de pocas horas, una insurrección espontánea en la capital, a la que se unió la policía, y se propagó, mediante
la toma de poder, igualmente espontánea por parte de comités revolucionarios,
a varias ciudades de provincia. Si Gaitán fue asesinado por la
oligarquía, como lo supuso automáticamente la gente del pueblo, es imposible saberlo. Que tenían motivos para
temer a este hombre, que había capturado el partido liberal y estaba próximo a ser presidente, es seguro. Después
de todo, él solo, desencadenó la única revolución conocida de alcance nacional, por combustión espontánea.
Como lo dijo un asesino conservador, particularmente sediento de sangre, en la Violencia que siguió a su muerte:
“Dígase lo que se quiera, Gaitán estaba por encima de los partidos … El era el pueblo … Sabíamos que elliberalismo
no era Gaitán, pues él estaba en contra de la oligarquía”.
Lo que debió haber sido una revolución social terminó en la Violencia porque, quizás por última vez, el sistema
oligárquico logró contener y controlar la insurrección social, convirtiéndola en una lucha partidista. Pero la batalla
se salió de control, y se transformó en una avalancha de sangre, porque la lucha armada entre liberales y conservadores
llevaba entonces una carga adicional de odio social y de miedo: el miedo de los oligarcas conservadores
de que su partido estuviese en permanente minoría frente a un partido liberal que parecía haber conquistado las
masas recientemente sublevadas; y el
odio de los pobres del otro bando, no
sólo como adversarios tradicionales,
sino como opresores de los pobres, o
como personas capaces de haber logrado
conseguir una mejor situación
económica.

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