Apuntes que surgen del curso

El Tema de la Equidad es una Garantia de la Democracia
Escrito por Martha Valderrama
Martes, 11 de Mayo de 2010 23:06

“La primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de hijos”. Y hoy puedo añadir: el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino” Federico Engels, Origen de la Familia la Propiedad Privada y el Estado. Editorial Fundamentos 13a. Edición Madrid,  1996. Primera edición 1881. 

 

Hace poco hablaba con un amigo sindicalista sobre  temas de  género y él muy orgullosamente me decía que su propuesta era que las mujeres tuviesen unas jornadas laborales más cortas para que pudiesen hacerse cargo de la familia y de los hijos, pues, consideraba él, la liberación de la mujer y su incorporación a la vida laboral estaba acabando con la familia y estaba dejando a los hijos a su propia suerte, expuestos a las drogas, las pandillas, los abusos… 

Recordé esta frase de Engels publicada desde hace 118 años y también se me vino a la cabeza lo que está pasando en Suecia, después de Noruega, el país con el más alto índice de equidad de género.  Y es que precisamente el gobierno conservador que ahora está dirigiendo los destinos de  Suecia, ha propuesto reconocer económicamente a las mujeres el trabajo del hogar y las mujeres suecas se oponen a ello. ¿Por qué?  Pues precisamente porque por haberse aislado socialmente durante siglos para cuidar a los hijos, es lo que ha permitido que la mujer  sea acallada. En muchas ocasiones las mujeres somos más, pero siempre hacemos menos bulla. Nos cuesta participar visiblemente porque no tenemos la experiencia. Hace muy poco hemos tomado las plazas públicas y los espacios que eran por tradición de los hombres. Y aún hoy que participamos bastante, delegamos nuestro liderazgo en quienes tienen más poder, más visibilidad, más experiencia en la vida pública.   Recuerdo un episodio que siempre relato a las mujeres. Hace dos o tres años estaba creando una asociación de mujeres en un pueblo boyacense. Veníamos reuniéndonos por meses y llegó la hora de conformar la Junta Directiva. A esa reunión acudió un joven que llamaremos Jacinto. Se presentó tímidamente y dijo que como su madre era una anciana y estaba muy enferma no podía asistir pero que lo enviaba a él para que la representara. Ninguna mujer opuso reparo. Al momento en que pregunté… Bueno ¿Quien podría ser la Presidenta de la Asociación? Las mujeres se miraron entre si y casi a coro respondieron: “Pues será don Jacinto…” el único hombre de la reunión y quien había llegado por accidente… de suerte ese horror, la Asociación de Mujeres presidida por un hombre, no se consumó. En nuestro entorno existen barreras físicas que se ven y a las que es muy fácil nombrar y existen otras  que se presentan como obstáculos que impiden o dificultan la realización de una determinada tarea o actividad, afectando de esta manera la plena integración social de las personas. Éstas no son físicas, sin embargo son demoledoras porque producen exclusión y desigualdad en muy altas proporciones, pueden ser barreras raciales, lingüísticas, culturales, económicas -de pobreza – o de género… Sin duda, estas últimas articulan realmente todas las desigualdades y todas las exclusiones.  Los seres humanos, hombres y mujeres,  especialmente nosotras, nos la pasamos como en una “carrera de obstáculos” obligadas a superar múltiples sistemas de dominación que se muestran en forma de barreras materiales o simbólicas; culturales y sociales y que son las que permiten la  exclusión.  Me parece pertinente nombrar aquí, en el contexto de “Acordar el Futuro”: esas barreras de género, que se han convertido en los últimos  años,  quizás en el punto fundamental de lo que es una agenda política no solamente de izquierdas, sino de los verdaderos demócratas que consideran la necesidad de una transformación social. Estas barreras, aunque en ocasiones no se puedan ver, tienen muchas dimensiones y se convierten en una excusa incluso de auto discriminación.  Es importante entender que las mujeres demócratas no estamos pidiendo “voltear la tortilla” y regresar al matriarcado. Pedimos equidad, igualdad de oportunidades y ser valoradas en nuestra diferencia. Equidad no para que la sociedad olvide la ética del cuidado, sino para que el Estado asuma su papel en el bienestar de la sociedad; para que se comparta la responsabilidad del trabajo gratuito que hacemos las mujeres al interior del hogar y el cuidado de las personas dependientes. Equidad para responder por la educación y el afecto de los hijos. Equidad en la participación en actividades sociales y políticas en horarios extra laborales. Igualdad de oportunidades para acceder a los cargos en donde se toman decisiones. Igualdad de oportunidades para acceder al crédito y a la propiedad (según el Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD únicamente el 1% de la propiedad mundial está en manos de las mujeres). Igualdad de oportunidades para que la pobreza y las políticas neoliberales no tengan un rostro mayoritariamente femenino (en el mismo informe del PNUD sobre Desarrollo Humano se afirma que de cada 10 pobres en el mundo, 6 a 7 son mujeres). Nuestra lucha no es contra el género masculino, es para que se reconozca la “espada de Damocles” que pende de mirar con desprecio los temas de género. Pues allá donde se recortan las políticas sociales aumenta el trabajo gratuito y no remunerado de las mujeres. Las políticas de bienestar, de cuyas  tareas el Estado neoliberal quiere evadirse, son trasladadas a la familia y dentro de la familia, las mujeres las asumimos.No podemos negar que los últimos tiempos ha aumentado la tasa de inserción laboral de las mujeres. Pero nos estamos insertando en un mercado laboral  nuevo, que no existía hace 20 años. Especialmente en lo que se ha denominado el tercer sector. Además, en medio de una crisis evidente porque cambiaron las condiciones en las que negociaban los trabajadores como sujetos colectivos. Con la pérdida de los derechos laborales que se reconoce con el infame concepto de “flexibilidad laboral”, lo cual no es otra cosa que el desconocimiento de lo que habíamos conseguido con años de lucha.  Han cambiado las condiciones y con estas hemos perdido tanto los trabajadores hombres como las mujeres. El pacto social para un Estado de Bienestar está completamente desactivado y con el mismo, también se debilitó aquel del cual se hablaba al inicio de este artículo, que se refiere a la figura del varón como el “proveedor universal”, que consiste en que los varones ganan un salario que alcance para mantener a toda la familia y que las mujeres se dedican al trabajo gratuito, dentro del hogar.Este pacto se ha desactivado y las mujeres hemos tenido que entrar al mercado laboral. No entraré a explicar las razones, pero nuestra entrada se ha traducido en una precarización del mercado laboral y ha introducido un elemento clave para el  análisis. El empleador prefiere contratar mujeres. Más sumisas, que cobran menores salarios y que son más fáciles de intimidar. Por eso al sindicalismo y a la sociedad debe interesarlesuna sociedad nueva, equitativa, en donde la mujer pueda concebirse como un ser pleno, independiente en lo social y lo económico, para no ser sometida en lo más mínimo a ningún tipo de dominación ni explotación. En donde pueda valorarse frente al hombre como persona libre, igual y dueña de su destino. El tema de la equidad en lugar de ser una amenaza para los varones; garantiza la democracia.

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